No me ayudes, compadre

Mazhar Al-Shereidah

El espacio de esta columna debió haberse dedicado la pasada semana a Irak por la prominencia del tema en el sentido informativo. Sin embargo, se lo dedicamos al examen del porqué Arabia Saudita, pese a su indudable convicción histórica y tradicional de los méritos de la economía de mercado y la globalización se opone a la apertura de la fase de exploración-producción al capital foráneo. Más enigmático se hace el asunto si recordamos que ese país fue vanguardista (desde 1968) en lanzar la idea de la participación para evitar la modalidad de la nacionalización. La explicación para la negativa saudita la encontramos en su temor de que EE.UU. accedería, mediante la apertura petrolera, a recursos de poder en el Reino saudí que son propios de la soberanía y del interés nacional.

Este ejercicio lo efectuamos el pasado lunes 10. El jueves 13 pasamos a la fase final del análisis del conflicto en torno a Irak, es decir, el diagnóstico. Lo primero que constatamos fue que EE.UU., pese a disfrutar del rol de indisputable hegemón “postbipolaridad”, perdió la oportunidad entre 1990-97 para alcanzar sus objetivos estratégicos en el Medio Oriente. El objetivo estratégico en esa región es la seguridad del suministro petrolero a través del logro de la paz y la estabilidad y la cooperación con países amigos que comparten estándares estadounidenses de la democracia y de respeto a los derechos humanos.

Pero como quiera que la seguridad del suministro es simultáneamente vital para los exportadores de la región y dado que no ha habido interrupción alguna en el suministro desde el inicio de las exportaciones petroleras por el Golfo y el Estrecho de Hormuz a comienzos de este siglo, entonces la presencia militar estadounidense allí no midificó el “status quo ante”.

Veamos el logro de los demás objetivos. Es allí donde el fracaso de la Conferencia Económica del Medio Oriente en Doha-Qatar, inaugurada el pasado sábado 15, ilustra que Washington falló para alcanzar la paz y la estabilidad.

Efectivamente, Marruecos y Egipto, donde se habían celebrado las conferencias anteriores, boicotearon la misma en protesta por la incapacidad estadounidense de llevar a Israel a no obstaculizar el Proceso de Paz auspiciado por EE.UU. en Madrid, en nov. 1991. El boicot árabe a la Conferencia de Doha fue prácticamente total. De modo que el principal foco de inestabilidad e impedimento para la paz en esa región, que es el Conflicto Arabe-Israelí, sigue activo.

En Washington, el 12.11.97, el “Middle East Insight” organiza un seminario sobre la región en el cual el enviado del presidente Clinton para el Medio Oriente, Denis Ross, expresó su decepción por el boicot egipcio a la Conferencia de Doha. El embajador egipcio ante Washington preguntó ¿por qué no expresa su decepción con Israel que es el causante del fracaso del Proceso de Paz?

El que el Proceso de Paz haya estado en coma, no tenía nada que ver con el impasse en torno a Irak, pero éste último complica el estancamiento del Proceso, aleja la paz, despierta los recelos, incendia los ánimos, y coloca nuevamente ante la opinión pública árabe a EE.UU. como el responsable de los males; es decir, la percepción de los últimos treinta años se repite. Y esto es lo que los gobiernos árabes, amigos de EE.UU. más temen, porque saben que esa amistad es mal vista por sus pueblos. De allí la negativa de todos los países árabes, que integraron la Alianza de los 33 ejércitos en 1991 dirigidos por el general Schwartzkopf, a permitir que sus respectivos territorios sean utilizados para que EE.UU. lance una acción militar contra Irak.

Ya en la mañana del sábado 15 advertimos la soledad en que se encontraba EE.UU. (El Globo, 16.11.97)

Esa soledad fue la que motivó a Kuwait a declarar que un ataque contra Irak sólo incrementaría el sufrimiento de ese pueblo y lastimaría a sus vecinos. Es lo que llevó a la BBC a decir que Madeleine Allbright sufrió una “humillación diplomática”, pues efectivamente, aquellos vecinos árabes, que son los adversarios más acérrimos de Irak, le dijeron públicamente a Clinton el equivalente a “No me ayudes, compadre”. Será muy cuesta arriba para la diplomacia estadounidense convencer al mundo ahora de que no tiene apetitos para ejercer el rol de “policía del mundo”.

Las ganas de golpear militarmente no hacen más que quitarle las ganas a los amigos de EE.UU. en el Medio Oriente de aplicar la apertura petrolera.

Lo importante del reciente acontecimiento en torno a Irak es que puso de manifiesto el comienzo del fin de la hegemonía unilateral de EE.UU. en el Medio Oriente. El sistema internacional no tardará en modificarse, pero los parámetros occidentales de democracia y derechos humanos difícilmente tendrán cabida en los sistemas político-culturales de esa región ancestral.

Mientras tanto el mundo se acordó de que en Irak, por hambre y falta de medicamentos, han muerto a causa del embargo, más de un millón de personas en su mayoría niños. El petróleo es la clave para aliviar ese sufrimiento.

This entry was posted on 15 de enero de 2010. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0. You can leave a response.

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